miércoles, 2 de enero de 2008

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Le dio una pitada a su cigarrillo, lo tiró lejos y entró al colegio sin verificar si se había apagado o no.
De la manera en que lo veía, había dos tipos de fumadores: los neuróticos, obsesivos que fuman hasta que empiezan el filtro, que se lo terminan en 5 minutos y ya están prendiendo otro y los que fuman disfrutando, se toman su tiempo, lo apagan antes de terminarlo y se aseguran que no quede prendido.Estaba convencido de que si Laura fuera un cigarrillo, la fumaría toda.

Se miró una vez más al espejo y, resignada, agarró sus cosas y se fue. De una manera u otra, siempre algo parecía faltarle. Mucha nariz, poco busto, demasiada panza. Muy maquillada, muy simple.
Hoy había optado por lo simple, por lo menos rebuscado posible. No se sentía con ánimos de innovar, de dar vuelta cabezas, de deslumbrar bicicleteros y adolescentes alzados.
Martín le gustaba demasiado. Era como un chocolate apoyado sobre la mesa cuando estás a dieta: una tentación insana, una adicción de la que no saldría nada bueno.
¡Qué lástima que era una persona y no un chocolate! Si lo fuera, lo lamería hasta deshacerlo.

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